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martes, 5 de mayo de 2015

Dejé de fumar Parte V: los adioses

Todas las mañanas, cuando pego la vuelta por el arco del Palacio Salvo que mira a 18 de julio, y después de pensar que quiero tener acciones en La Columna del Celular, veo al mismo tipo fumando, acodado en la barra de chapa verde del kiosco de revistas. El olor me llega seductor, como el humo del pastel en la ventana de Tom & Jerry, cuando Tom se hace un traje con la tela de una hamaca paraguaya y Jerry se fuma un cigarro arriba de un cenicero. Unos pasos más adelante, en el bar contiguo, todos los días veo al mismo hombre en la misma mesa. Le gusta tomar en pocillos y no perdió el berretín de la lectura más allá del copete. Ahora me mira, y sé que falta muy poco para que uno de los dos levante la mano con el ademán afectuoso de aquellos personajes que se saben parte de la misma página.

Pasaron tres meses desde los paseos por el fondo de la casa de mis viejos entre los rosales y los jazmines. En este tiempo, las manos dejaron de transpirar, bajé por Barrios Amorín hasta el velatorio de una modesta porción de infancia, batallé, me reconcilié, vi a Don Draper alejarse en un Cadillac del tamaño de un sueño. Recordé que dejé de fumar, que fue un logro. Que no sé cómo hice y creo que la gente que me conoce tampoco sabe cómo hice. Extraño al cigarro cuando lloro, y abril mucho no colaboró. Yo tampoco. Salí de noche, me emborraché algunas. Conocí dos personas de otro país que armaban preciosos tabaquitos en una mesa del Manchester. Respondí que dejé y al rato pregunté de dónde era la solanácea, que tenía un olor dulzón irresistible. Es Cerrito, me contestó la oriunda de Gijón. De verdad lo extraño, pensé. 

El día en que decidí dejar de fumar, fui a la farmacia y compré parches de nicotina. Sentí que debía pertrecharme, como quien construye un refugio de tornados o misiles. Eran diez y salían lo bastante caros como para evaluar si con eso no pagaba el teléfono. No usé ni uno.

Es como una de esas fotos de casamientos en las que siempre aparecés con un cigarro en la mano. Todos parecen reparar en eso, menos vos, porque es tu cigarro y no se tira entero para los flashes. Mis parcelas de memoria son como esas fotos. Siempre hay un cigarro en ellas. Así que dejar de fumar terminó siendo una cuestión de desintoxicación, de voluntad, de paciencia, y configuración. Es otra Carolina la que no fuma. Una versión mejorada que no conozco mucho y no sé si me caben sus mañas. Pienso en los puchos emblemáticos: cuando vi ese fucking 8 en matemática de 5° reglamentada y me convertí en bachiller. Compré un vino en Los Domínguez que venía en lata para hacerme la experiente y me patiné el sueldo de esa semana. Llegué exultante y puse la botella arriba de la mesa de la cocina: má, terminé el liceo. De tarde me fui a laburar y me fumé un cigarro mirando el tragaluz de la trastienda con inefable felicidad.

Ahora en los cumpleaños me quedo con los que no fuman, mientras mis ex correligionarios hielan sus manos en algún balcón y regresan con su olor a pasado reciente y su ropa trae partículas de frío a los livings y los comedores. Me sigue gustando, como si contemplara un recuerdo que nunca será tirano.

Apoyadas contra un ropero desvencijado estamos Mariana, Ximena y yo. Probablemente antes o después de nuestras expediciones al zoológico para fumar a escondidas que conté en aquella primera entrega. El pelo no me llega a los hombros, y el nevada era compartido o racionado, por usar un término técnico. Me acuerdo de todos esos cigarros con ellas; con mi hermana mientras la ayudaba a elegir las canciones del programa de radio y le robaba pitadas cuando dormía el cigarro en el cenicero; con la rubia al lado de la estufa reconstruyendo el mundo suspendido. Me acuerdo de los cigarritos con el Gonza, que no fuma y es asmático pero nunca me exilió en el jardín, de la ventana del baño de mi antigua casa y del Poett Bosque de Bambú a mansalva después de los puchos clandestinos. 

Todo eso sobrevive, sin cigarros. Como una postal a la que le recortaron un pedacito. Aún siguen fabricando esa fragancia en aerosol por si me quiero perder en algún bosque y tengo un paquetito entero de parches de nicotina para regalar a quien lo esté precisando. 

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