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domingo, 11 de mayo de 2014

A 20 años. Pulp Fiction, el enclave de los 90

Tarantino se levanta un día y decide filmar otra película. Piensa en que Reservoir Dogs (1992) fue buena, pero él sabe que puede hacerlo de nuevo. Se sienta en la cama y se calza las pantuflas (sí, de esas que tiene Jimmie cuando espera que el Lobo -Harvey Keitel- le traiga una solución a los pedazos de cadáver que yacen en su garaje). Entonces Quentin levanta el teléfono y disca. Del otro lado John Travolta contesta con voz adormilada. Unos días después un guión va y vuelve con una respuesta: “Acepto”.

Nadie sabe todavía por qué extraña razón aquella estrella oxidada dijo que sí, pero lo cierto es que Travolta es a Vincent Vega lo que la vainilla es a la Coca Cola. Tarantino apuesta sus fichas conociendo algunas cartas y creyendo en una visión creativa poco explotada hasta ese momento. Casi como su posterior heroína de Kill Bill, el 'niño malo' de Hollywood va tachando nombres en su agenda: Tim Roth; Bruce Willis; Samuel L. Jackson; Harvey Keitel; Uma Thurman: (?).

Quentin necesita una protagonista con el carisma que solo la esposa de Marsellus Wallace puede tener. Uma Thurman. Ninguna película demasiado buena excepto una, quizás. “Uma, my name is Quentin. ¿Sería posible que nos juntemos para charlar acerca de un proyecto que tengo? Tu sabes...  una película”.   

Meses después Tarantino se sienta en una silla con su nombre y dirige, sin saberlo, una de las películas más representativas de los años noventa. Pulp Fiction no solo se ha convertido en un referente para proyectos posteriores en todas las gamas de la cultura pop, sino que su referencialidad cobra protagonismo en tanto artificio a través de cual se construye la película. La intertextualidad parece ser la mejor aliada de Tarantino. El recurso termina siendo un centrifugado de la cultura pop, pastiche que no empalaga, al menos en el momento de la recepción del film. En Pulp Fiction las marcas desfilan como vedettes de una cultura que las crea, las necesita y las venera (cigarrillos Redapples, Coca Cola, Mc Donalds, Big Kahuna Burger, por nombrar solo algunas).

Si hay una película posmoderna esa es Pulp Fiction, el rescate de actores olvidados, la absorción y reformulación de la cultura, un gangster que recita un pasaje de la Biblia cuando tiene la certeza de que alguien va a morir por causa no natural.

Los noventa son una década túnel, una paso hacia algo que no puede tirar la mochila del pasado pero que a su vez intenta superarlo desesperadamente. Eso hace Pulp Fiction, sustenta su transgresión en elementos del pasado que son, en definitiva, el universo de referencias del director. Condensa, además, el espíritu pulp (revistas ilustradas con llamativas portadas que contenían relatos básicamente de género negro, aunque se tocaban muchos otros temas como la ciencia ficción o aventuras, y que dieron renombre a autores como Edgar Rice Borroughs, Leigh Brackett o Dashiell Hammett).

Por otro lado Tarantino apunta a la permanente presencia de íconos americanos de los años cincuenta y sesenta. Ese bombardeo de íconos pop constituye una suerte de homenaje que se materializa en el bar temático Jack Rabitt Slim, en donde el comensal puede consumir una maleteada Martin and Lewis mientras ve pasar réplicas de Marylin Monroe entre las mesas.

En definitiva, el film es un tributo a la cultura de masas y a su serialidad. Lo culto está lejos del discurso de la película, muy por el contrario los diálogos denotan una cotidianeidad que arraigada en la cultura de consumo del american way of life.

Ahí pasa Uma con su peluca negra carré. Está ensayando un paso, mueve la cadera, gira en su eje y a la vez estira el brazo hacia arriba y mueve la mano con una muñeca casi quebrada. Luego se pinta los labios mientras discute con un vestuarista el retoque del maquillaje para hacer una sobredosis creíble. El interruptor sigue ahí, junto a los dos africanos. La escena está por rodarse. Y Urge Overkill intérprete de “Girl you’ll be a woman soon” está por volver del ostracismo gracias a una canción. 

Peor que viejitas tejiendo


Pulp Fiction cuenta tres historias: Pumpkin and Honey Bunny, El reloj de oro y La situación de Bonie. Historias que confluyen acertadamente para aportar no solo un hilo conductor, sino también para traer a un primer plano el tratamiento argumental en el nivel de montaje. Así, en el distorsionado in crescendo de la película, podemos asistir a la muerte de un personaje y verlo vivo en la escena siguiente con total naturalidad cuando todavía nuestro pacto con la ficción ni siquiera ha asumido la pérdida del protagonista. Tarantino no solo intercala historias, sino que altera la linealidad de las mismas, deshuesa las escenas y las rearma con precisión de cirujano. 

Al ser una película hecha en 1994, los noventas apenas asomaban como el 'vértigo video clip' en que se transformarían luego. Y Pulp Fiction no es video clip, es una película lenta, con escenas largas, planos cortos y mucho, mucho diálogo. Quizás luego del tratamiento de la imagen es allí, en el guión, donde radica la mayor fuerza de la película. Quien es fanático (y conozco a varios) de Pulp Ficiton recuerda cada diálogo en forma de bloque. Lo que realmente es memorable no son máximas grandilocuentes, sino por el contrario, son diálogos comunes e intrascendentes, pequeñas maravillas de la condición humana que ocurren entre gángsteres asesinos a sueldo, entre gángster y esposa de jefe, entre una pareja como todas pero un tanto diferente que reflexiona acerca de la pancita de Madonna. Cómo olvidar el diálogo entre Vincent y Jules (hasta Cartoon Networks tuvo su separador emulando esa escena) en un auto cuando el primero narra su paso por Ámsterdam. Algunas versiones cuentan que ese diálogo está inspirado en un parlamento de Huckleberry en una entrega de “Loca academia de policía”. 

De este modo Pulp Fiction se ha convertido en un proyecto de culto obligando a sus seguidores a buscar explicaciones más allá de la propia película. Qué tiene adentro el maletín de Marsellus es algo que Tarantino se llevará a la tumba riéndose de millones de personas que intentan buscarle un contenido aún hoy.   

Un aparte sin dudas se merece la banda de sonido. Pulp Fiction instaura definitivamente la importancia de la música en el cine reciente como instrumento técnico y estético. Rescatando clásicos desatendidos de los años cincuenta en adelante, la selección sonora incluye canciones como "Misirlou (Dick Dale and his Del-Tones), "Son of a Preacher Man" (Dusty Springfield), "Surf Rider "(The Lively Ones) entre tantos otros que componen un disco al parecer inagotable aun con diálogos incluidos. 

Ahí pasa Vincent, o debería decir Travolta con lo que queda de Vincent luego de grabar su última escena. En el set de filmación se respira la ansiedad que deben sentir las hormigas cuando alguien prende un fósforo cerca. “¡Corten!”. Aplausos. Los técnicos empiezan a enrollar cables de forma obstinada y los actores se vuelven a sus camerinos no sin antes saludar al director para felicitarlo. Quentin se seca el sudor de la frente con la mano, se desploma en la silla con su nombre y suelta un susurro a modo de broma: “ahora voy a casa a que me dé un infarto”. Uma se ríe, cómplice. Quentin dice: “Hey, esperen, es una buena frase para la película”.  ¡Acción!

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