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miércoles, 22 de marzo de 2017

Peligros insensatos

Siempre digo que me gusta escuchar hablar al indio Solari porque aunque no le crea me gusta su retórica. Mis compañeros y amigos del laburo suelen colocarse sus auriculares cuando pongo el Porco Rex cagándome –lo sé- en las convenciones de convivencia del open office.
Esos mismos amigos y otros me preguntaron si no iría a ver al Indio Solari a Olavarría. Por supuesto que no, contesté. Aclaré que a mí me gustan muchas canciones del Indio –otras son irreproducibles- pero que ya viví en dos oportunidades la experiencia de verlo en vivo: una con los Redondos en el Centenario y otra con él en el Velódromo y me di por satisfecha. Eran los años dos mil. Ya había pasado la suspensión del recital con posterior conferencia de prensa de la banda en su última aparición televisada desde este mismo lugar que es la fatídica Olavarría para el historial ricotero; ya había pasado Walter Bulacio; ya habíamos entrado sin escalas en la era de la boludez. Yo no me creo la de la misa, porque por una letra disimula a la masa. Y las masas son hábiles al esconder su materia heterogénea y obran, amorfas, con la tiranía negadora del criterio.
Yo no sé si el Indio Solari es un déspota, si es un hijo de puta que pincha a sus perros con adrenalina mientras mira su parque atrás de una screen sun; yo no sé cuántos millones tiene ni a qué isla desvía sus fondos. Sí sé que erró cuando empezó a pesar la calidad de su arte con la medida de las multitudes.
Como una paradoja del destino, la empresa productora que el Indio contrata hace cinco años se llamaba Chacal. Sigo. Otra vez el rock and roll en el informativo, otra vez personas muertas, otra vez personas lastimadas. Otra vez la negligencia que más duele: no la de impulso, sino la que podría haberse evitado.
Organizar eventos no es cháchara, por el hecho de que en el espacio donde se desarrolla –un evento político, un recital, una fiesta electrónica, un partido de fútbol- la responsabilidad de la integridad física de los asistentes queda supedita por lo general ya no a un responsable, sino a la suma de coorganizadores que funcionan con la lógica de la corporación. Allí, entonces, levanta sus fauces un monstruo de varias cabezas: una intendencia, una producción, el artista, el público, una bengala, “las fuerzas oscuras”, la fatalidad.
Bonomi dice que la policía no entró al Centenario porque un partido de fútbol es un evento privado, en los recitales del Indio no hay policía porque los uniformes incomodan a su público y comienza a imperar el absurdo de si tocan a uno.
Un evento masivo es un evento público. Punto. Cuando en el documental de Vórterix Pergolini le pregunta al Indio si no evalúa la posibilidad de tocar en un club para 1400 personas, el Indio dice: “mi público no entiende el sold out y va igual”. Porque no soporto el aborto de sensatez de las multitudes y porque estoy convencida de que el Indio Solari es presa de un monstruo sin cabeza que él mismo creó, es que prefiero poner play en el laburo o en los auriculares y pensar que es un gran letrista, y no un mesías. No me tragué nunca la pastilla de la misa, porque las peregrinaciones son inflamables.
Ahora queda esperar que regresen a salvo esos amigos que fueron a verlo. Recibir fotos de una amiga que te muestra los moretones en las piernas provocados por la presión de otras personas sobre su cuerpo; solo queda mirar el crucifijo que tiene colgado del cuello la conductora de Todo Noticias mientras se comunican con gente que no encuentra gente. Queda cerrar la computadora con la conciencia de que este post no vale nada, porque acá se murió gente en un recital de un tipo que figura frecuente en tu lista de Spotify.

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