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miércoles, 22 de marzo de 2017

Series en las que no pasa nada: de la llanura de Love al cachetazo de Better Call Saul.

Veo el primer capítulo de la segunda temporada de Love y se me hace cuesta arriba. Me enojo pero sigo, porque total, de pronto me olvido de que mi tiempo vale. “¿Por qué me enoja esto?”, me pregunto con esa voz mental de dibujo animado. Porque no le creo nada y yo ya estoy en edad de empezar a creer.
La serie trata la vida de una mina que podría ser yo, o vos, pero no lo somos: no me tocó el lado de la vida en donde manejar un mercedes viejo es una mueca de indigencia cool, porque no vivo en una casa de LA con 3 cuartos y un living gigante para recibir amigos de LA, porque la fealdad de su partener es tan forzada que me hace cuestionar una y otra vez por qué tanta teoría del big bang. La serie se esfuerza por afinar los límites de lo feo: un concepto estético que arranca con el camuflaje hipster con dudosas caras reformadas tras barbas selváticas y la aberración de camisas con estampa de flora tropical. Sí, ya sé. Hasta acá no dije nada. Esto es simplemente una expresión de una apreciación menor que me inquieta.
Lo que quiero decir es que en Love no pasa nada y lo aterrador es que ese “no pasa nada” no parece ser una fórmula argumental para aprovechar la carencia de acciones en pos de la elaboración de algo parecido a una crítica, a una declaración de circunstancia, sino lisa y llanamente una falta de ideas alarmante.
La protagonista es adicta -en recuperación- a las drogas, al alcohol, al sexo. Sin embargo, poco hay en el personaje que refleje ese infierno. Su adicción es una anécdota que ni siquiera se cuenta con pasado, con un presente abrumador, solo con gestos de adolescente inoperante que se estira las mangas del buzo de lana dos talles más grande.
Mirando Love me acordé de Better Call Saul, el spin off de Breaking Bad. Desde que nos dedicamos a esta tarea de consumir series, pocas veces vi una tan poco complaciente con un público ávido de repetir -como quien tiene la chance de conversar con un muerto que se fue temprano- momentos que por únicos y espectaculares no volveremos a ver.
En estos tiempos de series en las que no pasa nada, Better Call Saul podría fácilmente colocarse en esa batea, aunque juegue a otra cosa. A diferencia de series como Love en donde ni siquiera lo situacional genera una sucesión de hechos que sirvan a una historia macro –no se entiende qué quieren contar-, en Better Call Saul hay una ilusión de aparente lentitud en la que pasa mucho. Tanto que hay que mostrarlo lento, con la paciencia digestiva de una boa, para que no se nos olvide que la alienación se envuelve en papel de aluminio, para refrescarnos que de todas las gamas del abandono, las de la casa de salud rankea bien alto; para mostrarnos que un buffet de abogados es mucho más subterráneo que los rascacielos de Ally McBeal y para estampar en la boca de lobo de la indiferencia que el agua de pepino no alivia el ardor de ser y estar.
Better Call Saul es una de esas series que cuesta recordar cuando querés recapitular en qué quedó la temporada anterior. Hablando con mi hermana llegamos a la conclusión de que cuesta reconstruir la temporada anterior en el nivel argumental causa-desenlace (nadie se acuerda bien de qué pasó) sin embargo, como postales de un sueño de Cronenberg, ahí vienen a la mente esas escenas, rituales arquetípicos de la desolación: una larga circunstancia en la fotocopiadora del pueblo alterando documentos para cagar a un hermano, un vaso de café que no entra en el cubículo previsto para tazas del auto cero km que le otorgó al Buffet al que le vendió el alma; y las muecas de los años 2000, que se nos ríen en la cara con sus franquicias y sus teléfonos celulares pesados como el mismo abismo. Es difícil volver a ver algo que no tuvimos tiempo de empezar a extrañar.
Frente a la negación neuronal de Love, Better Call Saul es la pluma en la planta del pie de la sinapsis. Y nos recuerda, de paso, que todos vivimos en un lugar que podría llamarse Alburquerque.

Peligros insensatos

Siempre digo que me gusta escuchar hablar al indio Solari porque aunque no le crea me gusta su retórica. Mis compañeros y amigos del laburo suelen colocarse sus auriculares cuando pongo el Porco Rex cagándome –lo sé- en las convenciones de convivencia del open office.
Esos mismos amigos y otros me preguntaron si no iría a ver al Indio Solari a Olavarría. Por supuesto que no, contesté. Aclaré que a mí me gustan muchas canciones del Indio –otras son irreproducibles- pero que ya viví en dos oportunidades la experiencia de verlo en vivo: una con los Redondos en el Centenario y otra con él en el Velódromo y me di por satisfecha. Eran los años dos mil. Ya había pasado la suspensión del recital con posterior conferencia de prensa de la banda en su última aparición televisada desde este mismo lugar que es la fatídica Olavarría para el historial ricotero; ya había pasado Walter Bulacio; ya habíamos entrado sin escalas en la era de la boludez. Yo no me creo la de la misa, porque por una letra disimula a la masa. Y las masas son hábiles al esconder su materia heterogénea y obran, amorfas, con la tiranía negadora del criterio.
Yo no sé si el Indio Solari es un déspota, si es un hijo de puta que pincha a sus perros con adrenalina mientras mira su parque atrás de una screen sun; yo no sé cuántos millones tiene ni a qué isla desvía sus fondos. Sí sé que erró cuando empezó a pesar la calidad de su arte con la medida de las multitudes.
Como una paradoja del destino, la empresa productora que el Indio contrata hace cinco años se llamaba Chacal. Sigo. Otra vez el rock and roll en el informativo, otra vez personas muertas, otra vez personas lastimadas. Otra vez la negligencia que más duele: no la de impulso, sino la que podría haberse evitado.
Organizar eventos no es cháchara, por el hecho de que en el espacio donde se desarrolla –un evento político, un recital, una fiesta electrónica, un partido de fútbol- la responsabilidad de la integridad física de los asistentes queda supedita por lo general ya no a un responsable, sino a la suma de coorganizadores que funcionan con la lógica de la corporación. Allí, entonces, levanta sus fauces un monstruo de varias cabezas: una intendencia, una producción, el artista, el público, una bengala, “las fuerzas oscuras”, la fatalidad.
Bonomi dice que la policía no entró al Centenario porque un partido de fútbol es un evento privado, en los recitales del Indio no hay policía porque los uniformes incomodan a su público y comienza a imperar el absurdo de si tocan a uno.
Un evento masivo es un evento público. Punto. Cuando en el documental de Vórterix Pergolini le pregunta al Indio si no evalúa la posibilidad de tocar en un club para 1400 personas, el Indio dice: “mi público no entiende el sold out y va igual”. Porque no soporto el aborto de sensatez de las multitudes y porque estoy convencida de que el Indio Solari es presa de un monstruo sin cabeza que él mismo creó, es que prefiero poner play en el laburo o en los auriculares y pensar que es un gran letrista, y no un mesías. No me tragué nunca la pastilla de la misa, porque las peregrinaciones son inflamables.
Ahora queda esperar que regresen a salvo esos amigos que fueron a verlo. Recibir fotos de una amiga que te muestra los moretones en las piernas provocados por la presión de otras personas sobre su cuerpo; solo queda mirar el crucifijo que tiene colgado del cuello la conductora de Todo Noticias mientras se comunican con gente que no encuentra gente. Queda cerrar la computadora con la conciencia de que este post no vale nada, porque acá se murió gente en un recital de un tipo que figura frecuente en tu lista de Spotify.