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viernes, 13 de marzo de 2015

Dejé de fumar - Parte III

Camino por el fondo de la casa de mis padres. Una porción generosa de terreno con pasto, rosales, jazmines y robles. Siento que deambulo por un sueño y que sería un buen momento para prender un cigarro.  De eso, hace ya veinte días. Hoy es el día 31. Todavía tengo ganas y no llegué al asco prometido. Apenas si percibo que se revelan algunos olores. El cansancio persiste. Las manos que transpiran, y una ira repentina que emerge desde las profundidades de mis moléculas. No es fácil. (Nunca es fácil). 

Deseo, y compruebo a cada instante la adicción.  En el medio de mi abstinencia, el presidente de la República, aquel que no tuvo reparos en utilizar el recurso absolutista del veto, dice que el peor enemigo de las mujeres es el cigarrillo. El universo conspira contra mi fuerza de voluntad y contra mi capacidad de aceptar absurdos.  Las redes sociales se llenan de feministas con repentinas ganas de fumar y fotos de cigarros, de habanos. Yo no soy feminista, pero soy mina (o mujer, para que nadie se ofenda), ciudadana, fumadora (aún no llegué al prefijo "ex" aunque haga un mes). Miré mi caja de Nevada que aún conservo como el esqueleto de un barco sumergido en el fondo del cajón de la mesa de luz y me dieron ganas de fumarlos todos juntos.  Me aguanté. Las ganas y la ira.

Temo parodiarme a mí misma. Pero esta es la forma que encontré y que no figura en las páginas de consulta Consejos para dejar de fumar. Acabo de leer una. “Retire los ceniceros y cigarrillos del automóvil y en su lugar coloque galletas o confites duros. Finja que fuma utilizando una pajilla en la boca”.  Abrí la hoja de word y arranqué. Irrefrenable. La ficción está en los libros. 

Según un estudio reciente publicado por científicos de la universidad de Columbia. No, mentira. Pero suena tan convincente. Según una reciente y precaria investigación que realicé en los anales de google, la nicotina es la droga conocida más adictiva del mundo, superando incluso a la metanfetamina y a la heroína.

I don't know just where I'm going . Pienso en la guitarra de John  Cale que es como un tramontina directo al esternón. Una vez pasé esa canción desde ese dispositivo de audio denominado “huevito” en una clase de literatura inglesa. Excepto por Ramiro y por Natalia, yo no sé qué pasó por la mente del resto de los asistentes. Buenas señoras que asistían al curso como si fuera un taller literario de Jane Austen a comer escones y tomar té.  Y ahí estaba yo. Sentada al costado del escritorio de nuestra amada profesora Lindsey. Deseando terminar para salir y fumar un pucho. A propósito de Trainspotting, -libro que estábamos estudiando-  hablé de Lou Reed, de Nueva York y la heroína, de California y el LSD. La profe me miraba mientras me adueñaba de la clase sin saber, si quiera, si alguien escuchaba. Yo estaba contenta.

Hablé del post Thatcherismo, de la propagación del HIV en Inglaterra por los recortes de presupuesto al aparato de salud y de los escasos suministros de material quirúrgico en los hospitales. De las jeringas compartidas. De Sick Boy. De las cajas con ventanas llamadas viviendas en las que miles de jóvenes pretendieron vivir una adolescencia en la que el no future no era una consigna.  De Oasis. Que siempre me pareció una banda de mierda. 

Pensaba, mientras, cuando mi hermana me contó que a los Sex Pistols se les había prohibido tocar en territorio inglés y  tocaron en un barco. Esas eran las anécdotas de mi niñez que por algún motivo mi memoria se encargaba de retener y reproducir. No me sumaban absolutamente nada para la vida productiva que el destino debía aguardarme, pero me gustaba tirar ese verso en el patio de la escuela mientras  jopeaba alguna hojita de carta perfumada.  La maestra Gloria de sexto, dejaba los cigarrillos Casino arriba de su escritorio. Estaban metidos adentro de un estuche de cuero bordado con motivos gauchescos (creo), parecidos a la carreta del Parque de los aliados que tenía, incluso, una repartición para el encendedor. Me di cuenta de que estaban ahí un día que me di por vencida con uno de sus infames “Razono” en el abismal pizarrón negro.

La maestra fuma. Thelma y Louise también. Fue la primera película que metimos adentro del aparato reproductor de videos. Era 1994.  La segunda fue El bebé de Rosemary, pero me aburrí y me fui a acostar. Nadie consideró que tenía 10 años. Antes de terminar sexto de escuela, yo quería un descapotable, un microondas, y el gran cañón. Por ese entonces empecé a armarme los cigarritos de orégano. Era julio cuando Gloria escribió en el pizarrón. Redacto: atentado en la AMIA. Alguien levantó la mano y preguntó qué era un atentado. 


Basta de tanto fue el libro más vendido en Uruguay durante semanas. Si me convierto en un best seller por “Dejé de fumar”, me voy a la cueva de Allan Moore a que me excomulgue. Los genios tienen que vivir en cuevas, o imaginarlas, como Platón. No hay chance. Es diciembre del año pasado. La rubia habla de Basta de tanto. Está azorada y comparte esa inquietud con el resto. El resto somos amigas. Nos conocimos en la facultad y aún habiendo abandonado la esperanza de titularnos en letras (vaya a saber para qué), continuamos constatando que nos gusta vernos envejecer con dignidad y mantener nuestros arquetipos. Laura repara en que la infame camperita simil bolsa de basura que tengo puesta es prácticamente la misma camperita negra de gabardina con la que me conoció y con la que atravesé al menos cinco fríos inviernos bajando por Magallanes hasta Uruguay. La rubia, que sigue pensando en el tema anterior,  me mira de reojo. Como si las dos supiéramos que en la escala de errar, escribir cuentos en este país es parte de un contrato llamado Fracase aquí. Ejemplifica con un libro titulado Basta de tanto. Está primero en ventas. No es de cuentos. La rubia eleva el tono, nos mira incrédula. Nos cuenta que vio una entrevista. Que las preocupaciones de la autora y, por lo tanto, sus tópicos, incluían aspectos tales como “qué hacer con los chicos cuando estás trabajando”.   Al otro día googlié. Necesitaba saber más sobre el fenómeno.  "Ninguna mujer puede tener una carrera vigorosa si está buscando recetas de cupcakes permanentemente ", comentó la autora en una columna del diario La Nación titulada: "Un hijo no puede ser nuestro hobby ".   En aquel momento, y cuando dejar de fumar aún no era una posibilidad, me prendí un pucho y si acaso todavía tenía esperanzas de un mundo mejor, las abandoné por completo. 

PD: Me descubrieron un nódulo en una cuerda vocal. Continuará. 

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