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miércoles, 30 de diciembre de 2015

Rabia: hay dos ratas en mi apartamento (y es navidad).

Primero escuché. Un crujido de garritas contra el esmerilado de la banderola que mira hacia el duchero y hacia el piso del pozo de aire del edificio, ducto miserable y vecinal condenado a filtrar, como el agujero de una olla a presión, los vapores y rumores de la construcción.

Ahí estaba ella. El filo de la banderola casi podía dividir su cuerpito en dos y su cola, larga, se balanceaba contra mis azulejos, lenta, como un parabrisas.

El asco paraliza más que el miedo. Como si las neuronas se fueran al vestuario, me quedé inmóvil, por un segundo, como un cuerpo vaciado que no piensa, late. Cuando reaccioné, la cola se movía aún más rápido, estaba por caerse al duchero como un suicida de película que se arrepintió colgado del pretil mientras los bomberos, abajo, calibran la malla.  Me aferré a la manija de la banderola, un dispositivo que se desliza en un riel de metal incrustado en los azulejos. Cerré con furia. No la vi más. Después de acomodar el corazón entre las costillas, me sentí ganadora. La rata había vuelto a la miseria del pozo de aire.

Horas más tarde, cuando me estaba fumando el último cigarro del día (sí, volví fumar) con los pies descalzos apoyados en el fogón de la cocina, la veo pasar, campante pero con velocidad roedora hacia el atrás de la heladera. Ese fuera de escena que siempre puede esperar, que sabés que un día vas a enfrentar Agua Jane en mano con ademan de cowboy. Pero ahora puede esperar. Porque es el atrás de la heladera y una no es madre y no estás adentro de un aviso de Fabuloso.  Sabés que la chapita que voló de la Sirte está ahí, que el imán de la Pasiva, también.

Se fue al living. Recorrió  a sus anchas. Se encariñó con la cajita del módem. Salió, ahora abajo del sillón, todo el parquet. El parquet. Abrimos la puerta del apartamento y allá, a las cansadas, salió al pasillo, salió a la calle y escapó con destino incierto.  Al entrar, el apartamento era zona devastada y había olor a imposibilidad, a asco. Nada comparable a constatar que la muy hija de puta cagó en tu cuarto y meó al lado de la mesa de luz. Ahora ya no era enfrentar un bicho, era asumir una fobia, profunda y sedimentada en algún lugar del inconsciente. A partir de ese momento mi mente hipocondríaca asumió que el Hantavirus o la Leptospirosis (Leptospira interrogans, una bacteria del orden Spirochaetales, de la familia Leptospiraceae) no tardaría en manifestarse.  Le contás a tus amigos, te ofrecen sus casas, convertís la pesadilla en un relato ocurrente y por dentro te agarrás a trompadas con tu suerte. En la escala de “hay cosas peores” las ratas en tu cuarto rankean lindo.

Como material inflamable en la hoguera, desparramé la botella de agua jane en el piso de madera. Necesitaba, de forma esquizofrénica, asegurar que borraría todas las huellas del infame roedor.  Esa noche no dormimos.  El apartamento de alguna manera nos expulsaba y ni siquiera teníamos un recodo donde guarecernos en 35 metros cuadrados. Perdimos el olor habitual, ese que configura algo parecido a un hogar y no el olor anómalo similar al de los boliches de día, cuando alguien trapea a lo bandido los restos de la noche anterior. 

Había otra rata.  El miedo había mutado a algo más parecido al asco, a la impotencia, a la suerte de diciembre, en donde pensás que no te pueden pasar cosas malas, porque es diciembre. Pero la promesa cristiana del empezar y terminar, no promete inmunidad anti desgracias. Así que a los avatares que puedan ocurrir en el mes de las fiestas hay que sumarle preocupaciones tan clásicas de la fecha como reconciliaciones de familiares distanciados, la fruta abrillantada, la rotura de la heladera el 24, el corderito que no llegó en la encomienda de Young, la sala de espera de los hospitales, los contestadores soretes en los servicios públicos y papa Noel, que cada año le emboca menos a los talles desde la casa de salud del Polo Norte. La Liga Sanitaria no tiene servicio de emergencia para control de plagas. Había que encarar. Nos fuimos del apartamento. Dejamos veneno en el baño, porque los indicios indicaban que el nuevo Splinter estaba ahí.

Hicimos la mochila con pesar. Agarrando cosas por las dudas porque no sabés cuándo vas a volver y sentís que todo es importante. Entonces te aferrás al  secador y reflexionás con lo que va quedando de sensatez, lo dejás, pero no transás con la crema de peinar. Pasó noche buena, el cordero, el espumante. No recuerdo haber brindado. Pasó navidad, el calor, la digestión de boa. El 26 volvimos al apartamento. Ahora decididos. Estaba decidida a matarla con un pincho que rescaté de la cocina. No me importaba nada. Me creía Rambo. Abrimos la puerta del baño. Se había comido el veneno. Vaciamos todo. Tiramos todo. Incluso esas cosas que dentro de unos meses nos van a hacer falta, cuando todo esto se haya convertido en una anécdota. Porque todavía no lo es. La rata no aparecía. Puse una trampa. Consejo de yapa: ojo, rebanan dedos sin problemas, casi me sucede pero creo que diciembre se apiadó de mí y solo dejé una estela de sangre en el piso del baño. Dudé en limpiarla. Tal vez a la rata le gustaba. Volvimos a irnos. A otra casa, otra rutina, otra distancia.

Cuando me llegó la foto con la rata aplastada por la trampa, en el laburo lo gritamos como un gol en la hora. Me quedé mirando la foto con ese placer del asco que huele a mezquino triunfo. En el medio puse a prueba mi retórica con los forros de la administración del edificio con una frase que guardaré en mi acervo coercitivo: “estoy a un interno de hacerte una denuncia en bromatología, yo que vos averiguo a cuánto está la unidad reajustable”. Funcionó. La tarde en el apartamento se convirtió en un desfile de Vámonos Pest y tarjetas de exterminadores arriba de la mesa -casualmente ratona-.

Ahora sé qué es una tapa sifón (si le falta eso al pozo del edificio es que Splinter y compañía coparon la parada), estoy al tanto de que existen varios tipos de ratas y que en la escala del peligro las de cola larga son las hijas de puta; sé que existen varios tipos de veneno y el mejor son las pastillas verdes similares a los caramelos Arcor y que alejarse de la casa de uno y no poder regresar hasta que coloquen rejillas en las ventanas, duele.  Ahora me creo invencible y que venga Abril O'Neil a cubrir la escena del crimen y a convencerme de lo contrario.  


martes, 27 de octubre de 2015

Coney Island, baby.

Quería ir a Coney Island. Quería ver, constatar, caminar el disco de Lou Reed. Hoy, 27 de octubre, hace tres años que se murió. 

Coney Island queda lejos de todo, lejos, en una ciudad que se burla de las distancias con su compleja y aceitada red de subtes y de trenes que atraviesan la tierra y el aire. Coney Island no es un lugar turístico.  Allí no hay japoneses automatizando sus cámaras, ni mapas, ni gente mirando para arriba con desconcierto de rascacielos. En Coney Island no hay edificios altos, hay bloques parecidos a los que se ven en las películas que retratan a los guetos ingleses del No Future.

En Coney Island hay una playa. Unos kilómetros de arena dura y escasa, que bordea un océano helado, incluso en verano. Detrás, una pasarela de madera, y más allá, los juegos de un Tony Park de primer mundo, que se resiste a la llegada de la modernidad. Una modernidad que no es la de la filosofía, una modernidad que es para nosotros, que volamos desde acá abajo y no lo podemos creer.

La montaña rusa de Coney Island es la más antigua de Estados Unidos. Sus rieles son de metal; su estructura, de madera. Se llama Cyclone. Hace ruido de tracción, y los gritos que se escuchan desde ahí no son de diversión, son alaridos de miedo y pánico. La fila es breve.

Frente a ella, un cartel a modo de marquesina con escasas luces anuncia el recorrido del Freak Show. En la puerta, el maestro de ceremonia, Virgilio de pavimentos y calesitas, invita a recorrer los misterios de la casa de abominaciones, mientras una señorita a la usanza Pin Up se gana su sueldo parada arriba de un banquito con ademanes de Bettie Page importada de un suburbio de monoblocs.
Desde arriba de la rueda gigante se ve Coney Island, casi como la foto emblemática, en blanco y negro, cuando su esplendor la llenaba de trajes de baño y algodones de azúcar para calmar ansiedades fabricadas en el Empire State.

A metros de las atracciones, Coney Island no puede disimular lo que fue, lo que es. Los inmigrantes latinos la miran como tierra de nadie y te advierten que tengas cuidado si vas, porque ahí, en ese lugar, podría pasarte algo.

Lo que a mí me pasó fue subirme a la rueda gigante y a la montaña rusa y experimentar una mezcla de miedo y asombro inédita, caminar entre los contenedores periféricos, observar los esqueletos de juegos que alguna vez estuvieron prendidos, y que ahora eran fósiles, huesos de metal en un desierto de cemento y diversión austera. Me senté a mirar el océano y miré para atrás, y escuché los gritos y las canciones. Y pude ver a Lou Reed caminando por ahí, como un fantasma de los que no asustan. 

Aquel día, a la vuelta, tomé un tren de los que pasan por vías sostenidas en el aire y lastiman fachadas, haciendo vibrar paredes y escondites. Entre las casitas, el cielo cambiaba de color y desde lejos vi la puesta de la rueda gigante, que desaparecía entre las antenas de las azoteas. En mis auriculares sonaba Perfect Day, porque Coney Island Baby, no lo tenía.

“Pero recuerda que la ciudad es un sitio extraño. Una especie de circo o cloaca. Y recuerda que la gente es distinta, y tiene gustos muy peculiares. Y la gloria del amor. Es la gloria del amor la que te sacará adelante. […] Ahora soy un chico de Coney Island”. 


miércoles, 16 de septiembre de 2015

Yo reseteo, tú reseteas: a 30 años de Mario

Llegué con siete u ocho latas de Cherry Coke y estaba dispuesta a volver. Tenía ese gusto forzado que no lograría comercializarse a gran escala, pero en el concurso de Color Inca las daban gratis y la fila era bastante corta. Acomodé las latas en la heladera y me despedí de mi hermano, que ese día se iba en una excursión a ver a los Ramones en Buenos Aires. Volví al estacionamiento de Montevideo Shopping. Años antes, en el mismo concurso, miles de niños como yo soportaban estoicos el calor y el sol sobre sus nucas, agachados sobre el pavimento ejercitaban su imaginación usando una gama de seis colores de una pintura que venía en lápices gigantes, inviables para manos de niños. Cuando Mariana ganó el primer premio, pudimos creerlo. Mi mejor amiga tenía talento, y ahora también tenía un Nintendo. El arribo de la consola al comedor de la casa de Mariana no solo significó una reestructura del recinto, que incluía una mesita auxiliar con tele exclusiva para el juego entre el aparador de la tele y el aparador de las copas, sino una escalada del respeto entre todos los varones del barrio, incluso los más grandes que días antes pispéabamos con admiración infantil desde el murito. Ahora, mi amiga y yo -porque demás está decir que ligué el beneficio de los amigos cercanos- habíamos adquirido un extraño poder en nuestro reino de Magariños Cervantes. A media tarde sonaba el timbre. Era alguno que quería saber si podía jugar con nosotras. Al principio ni atendíamos. Estábamos demasiado ocupadas intentando dar vuelta el Mario 1. Mariana tenía un talento innato para las destrezas y quizás por ese motivo se adueñó de Mario. Yo jugaba de Luigi, pero ni se me ocurría protestar, después de todo, tenía la fortuna de jugar a discreción y no iba andar con pretensiones. Al principio Mariana me ayudaba a pasar las pantallas difíciles, aunque en materia de complejidad, nada se comparó con la llegada del Mario 3. El subterráneo y anaranjado mundo del Mario 1, mutaba en una colección ilimitada de pantallas que incluían la posibilidad de patinar adentro de una botita, de volar con una colita de castor o de escapar de un sol furioso que se descolgaba del cielo y te perseguía. La consola, un mamotreto de plástico gris -gris Nintendo- tenía la delicadeza de incluir un botón de “Reset”, además de uno de encendido. En adelante, el verbo “resetear” y todas sus conjugaciones, se adherían a un vocabulario que ya había resignificado palabras como : vida, hongo y caño. Si teníamos la desgracia de perder las tres vidas en pantallas tempranas, producto de eventuales distracciones o flaquezas del espíritu, intercambiábamos miradas entornadas de buenas muchachas, para avalar el inminente reseteo, mientras el sol caía pesado detrás de los postigos y se filtraba en la penumbra de la habitación, solo iluminada por la pantalla. Si había que volver a empezar, se empezaba. Un año más tarde, el Nintendo se popularizaba. Todos los pibes del barrio comenzaron a tener a Mario, pero nosotras teníamos la experiencia y el respeto de darlo vuelta. Cuando los reyes lo dejaron en casa, corrí a avisarle a mi hermano que venía con el Mario 3, porque me pareció verlo en la solapa de la caja. Me equivoqué. Estuvimos todo el 6 de enero jugando al Dr Mario, un invento de la industria que consistía en un tetris con pastillitas que caían a la velocidad del tedio. No importó. Pronto nos hicimos socios de la tienda de videojuegos que quedaba en Malvín. Mi hermano me extorsionaba: un viaje=una pantalla. Y allá me ponía la túnica y la moña para viajar gratis y me tomaba el 142 en busca del tesoro de mundos y de hongos. Ni el Island pudo superarlo. Al Súper Nintendo no llegué, pero según me contaron los que vinieron después, el transformador igual recalentaba.  

jueves, 11 de junio de 2015

Esta vez por fin la prisión te va a gustar

"La verdad te alcanza y es ella quien te convertirá en su puta. Lo peor de la cárcel no son las otras reclusas, es la verdad sobre vos misma".


Piper Chapman

Chapman entrega sus pertenencias. Extiende los brazos y una oficial coloca sobre ellos el uniforme naranja y los zapatos de cárcel. Chapman se desnuda ante el pedido, de frente, con los brazos extendidos. Ahora de perfil. Ahora de espaldas. La oficial le pide que se agache y que tosa. Chapman pregunta si es en serio. En ese momento, tanto ella como los espectadores, sabemos que el estereotipo al que representa y su pasado de velas perfumadas no la van a eximir de lo que una cárcel tiene preparado para cualquier recluso: el derecho al olvido de su identidad.

La historia de Piper Chapman -la protagonista de la serie Orange is the New Black- está basada en un libro autobiográfico en el que Piper Kerman recrea sus vivencias en la cárcel. Si a esto sumamos una buena canción de Regina Spektor en la apertura, a la creadora de Weeds Jenji Kohan para transformar el libro en una serie y a Nextflix para difundirla, podemos empeñar, al menos, una expectativa.

Las acciones de Orange is the New Black transcurren principalmente en la cárcel de Litchfield, en Nueva York, aunque también hay escenas fuera de ese universo: las del presente, en donde aparece la familia de Piper Chapman; y las del pasado, tanto el de ella, como el de las reclusas con papeles principales.

Cuando el espacio de la ficción es acotado (cárcel, isla, pueblo chico) y hay un número finito de personajes interactuando en él, el flashback sirve para complementar la historia. El recurso es demandado, sobre todo, en aquellas series donde el presente le debe algo al pasado, porque sus personajes no empezaron ahora, sino ayer. The Walking Dead es una serie de ese tipo, que sin embargo no se esfuerza por explicar un génesis ni por otorgar un fundamento a sus llanos personajes. En Orange is the New Black el flashback no muestra una vida anterior de sus protagonistas que los redima en su presente, sino que focaliza el momento previo al ingreso en la cárcel. En este caso, el salto temporal iguala los escenarios simbólicos de los personajes en su pasado y presente, en donde la única diferencia entre la prisión y la vida real son los scanners y las rejas.

La diferencia sustancial de Orange is the New Black respecto a otras series recreadas en cárceles como Oz, Capadocia o Alcatraz, no es la elección de un reparto femenino, ni la consistencia de su guion (Alcatraz poco supo de esto), tampoco la elección del avatar de una protagonista; es el tono elegido para narrar: un drama cargado de comicidad que por momentos naturaliza lo terrible.

Si bien en la primera temporada el correccional de Litchfield goza de todas las impunidades posibles que pueden ocurrir en un universo en donde hay disciplinamiento sobre personas privadas, entre otras cosas, de su libertad, esa cárcel es representada como un simulacro lejano al imaginario que podemos tener en este lado mundo. Lo peor que sucede en uno de sus baños es que las cabinas no tienen puerta, o que los hongos proliferan en el piso de las duchas.

A diferencia de Oz, de Capadocia, o del Penal de Libertad, en Litchfield hay luz. Una luz blanca y sostenida que por momentos se mezcla con el resplandor del exterior que entra por las ventanas. En Litchfield no hay rejas. Excepto en el perímetro exterior y en la unidad de confinamiento. En Litchfield hay juegos de caja, hay una cocina con un menú servido en bandejas con repartimientos. En Litchfield hay postre. 

No obstante, existen prohibiciones en la pirámide de necesidades como el repentino cierre de la pista para correr. También hay corrupción basada en un esquema histórico: fondos estatales manejados por personas que tienen a cargo la privación de libertad de otras personas. Las carencias del penal son directamente proporcionales al enriquecimiento ilícito de sus administradores. 

El reparto está compuesto por mujeres casi en su totalidad y si bien no hay estrictamente reivindicaciones feministas ortodoxas, en su primera temporada la serie tiende a estigmatizar la figura masculina. Los pocos hombres que aparecen son acosadores, abusadores, inseguros, dubitativos, y frustrados.  Se destaca especialmente la actuación de Pablo Schreiber, en su rol de Méndez, quien lleva al extremo las posibilidades de su personaje al hiperbolizar y caricaturizar los aspectos más bajos de un ser humano. Alguien que es capaz no solo de abusar sexualmente de las reclusas con una sonrisa entre el escarbadientes, de integrar una red de narcotraficantes cuyos clientes son las yonkis en recuperación del penal, sino de acomodar la escena para simular el suicidio de una interna, que murió por negligencia de él. 

Otro personaje que destaca, esta vez no por la exageración de sus características (como en el caso de Méndez), es Sophía Burset, la transexual que ingresa a la cárcel por estafa, que tiene una esposa y un hijo, y mata las horas dentro del penal como peluquera.  En el universo de esa cárcel, excepto cuando llega el recorte de presupuesto consecuencia de la corrupción, están previstas las medicinas que Sophía debe consumir para mantener el equilibrio hormonal de su transformación.  Una muestra más de que las representaciones del sistema penitenciario americano están lejos del imaginario de Villa Devoto, el Comcar o Carandiru. 

Nietzsche no importa

En el perímetro de acción acotado que supone una cárcel, las características individuales se exacerban con el fin de afirmar aquello que está en juego para cada reclusa: ya no su identidad, sino la noción de identidad.  En esta lógica lo que me diferencia del resto es lo que me recuerda que soy yo, que no dejé de ser yo. Mi noción de mí mismo es la conciencia de estar en el mundo. De no haber sido expulsado del todo. 

Así, las reclusas latinas se aferran al idioma español, aún transgrediendo las normas de la prisión; Ojos Locos (uno de los mejores personajes) se esfuerza en hacerle creer al resto el estado avanzado de su locura; la cocinera se tiñe el pelo de rojo para acrecentar sus credenciales rusas de la vieja guardia; la maestra de Yoga predica paz; y Pennsatucky (un personaje que cobra un repentino protagonismo hacia el final de la primera temporada) se autoproclama como mesías de Jesucristo.  

A Piper Chapman – quien cumple una condena de un año por complicidad con su pareja, también recluida, por tráfico de drogas- le tocó un estereotipo débil.  Es rubia y culta – la clase de cultura adquirida en la Universidad y no “en la escuela de la calle”-. Ella sabe que todos sus conocimientos pasarán a un segundo plano en ese universo.  En  Litchfield nadie parece temerle a alguien que puede citar a Nietzsche en un almuerzo, porque en ese contexto, Nietzsche no importa. 

Sin embargo, a medida que avanza la trama, Piper Chapman sortea sus crisis de identidad. Suspende su modo de ser en el mundo – ese de barbacoas en casas perfectas de gente en apariencia perfecta- en pro de una adaptación forzosa y necesaria a las nuevas reglas del juego. En ese microuniverso, lo que las reclusas dicen y hacen está tan emparentado a su credibilidad, que un paso en falso puede confinarlas a transcurrir sin aliados: esos que pueden prestarte un par de chancletas o el hervidor casero. 

Piper entiende que la dinámica de esa cárcel es ser porque tenés algo que ofrecer. Por supuesto que quedan ratos para los momentos de humanidad, las demostraciones de amor, o de algo parecido al cariño. Pero lo cierto es que la mayoría de las relaciones, incluso las forjadas en el amor, tienen una base utilitaria que las sostiene. Piper entiende rápidamente que la cárcel, antes que un centro de reclusión, es un purgatorio de carencias. Así que se reinventa. Lo que antes era inútil (sus conocimientos), ahora es lo que marca la diferencia entre una apelación con faltas de ortografía (que Piper se encarga de revisar) y la libertad de su compañera de celda. 

El góspel de los que no creen en nada

El canal A&E transmite Terapia de Shock, un programa  basado en el documental del mismo director Scared Straight! (1978). El show muestra a algunos jóvenes en su conflictiva cotideaneidad y su experiencia a jornada completa en una cárcel de máxima seguridad. En ella,  policías y reclusos (acaso en una comunión única y momentánea para los flashes), reciben un puñado de adolescentes que hayan tenido alguna actitud delectiva (violencia, consumo de drogas, robo) y les muestran la realidad de la prisión. Primero los jóvenes pasan por la etapa de “recibir el susto”, en donde los reclusos interpretan un rol en el que los acosan y maltratan, y luego pasan a la instancia de reflexión, en la que cada recluso cuenta su historia personal y explica por qué es mejor estar afuera que en la cárcel. 

En Orange is the New Black hay un episodio que recrea lo planteado en Terapia de Shock.  La cárcel recibe a varios jóvenes liceales. En esa instancia, una de las jóvenes es una chica en silla de ruedas que no parece ser permeable a los ritos sagrados de la cárcel. Ninguna de las reclusas pudo lograr el cometido de asustarla. Excepto una. La rubia que lee a  Nietzsche.  Solo con retórica, sin amenazas, ni gritos. Piper se acerca la silla de ruedas y susurra:  "La verdad te alcanza y es ella quien te convertirá en su puta. Lo peor de la cárcel no son las otras reclusas, es la verdad sobre vos misma". 

Y ahí está ella. Tratando de entender que su nuevo mundo incluye mendigar un tampón, que una compañera despechada orine el piso de su celda, que su guardia consejero la mande a confinamiento porque descubre sus preferencias sexuales. Un universo de acción en donde la locura es un lugar que protege del resto y de uno mismo, en donde es necesario evangelizar si se cree en algo, porque de esa forma la soledad pasa a ser una posibilidad y no un hecho. Ahí está ella, creyendo cada vez menos, y sobreviviendo a su propia verdad bajo un uniforme nararanja. 

PD. Segundas partes fueron buenas

Orange is the New Black supo corregir a tiempo sus defectos. En la segunda temporada la caracterización naif de la cárcel deja lugar a un paseo por las unidades especiales (esas en las que ya no hay juegos de caja, donde la posibilidad de hacer un compinche se reduce a apoyar la oreja contra la pared de la celda y escuchar la respiración de alguien más) y a los traslados de presos en aviones con reclusas y reclusos de máxima seguridad al mejor estilo Con Air. Todos los personajes se consolidan, incluso el de Piper, quien ha experimentado un consistente antes y después que modifica sus acciones y las vuelve menos predecibles. El guion supera con creces al de la primera temporada, alejando todos los parlamentos de los lugares comunes y llevando al extremo de la efectividad la retórica de la sutileza. Junto al aporte de personajes nuevos y complejos, los administradores del penal y los policías comienzan a tener un desarrollo que enriquece la trama. Los conflictos dejan de ser superficiales, ahora importan más los vínculos de fondo que las peleas en las duchas. Jenji Kohan, quien ya había demostrado su potencial con la genial Weeds, evidencia con esta segunda temporada que un buen realizador es aquel que jamás se conforma con su mochila de éxitos y sabe que el mejor capítulo es el que todavía no se filmó.   

Publicado en El Boulevard / 2014. 

lunes, 18 de mayo de 2015

Un monstruo con la voz rota

Los tres juglares nos acomodamos en nuestros puestos. La maestra nos miraba como un director de orquesta desde la primera fila, y esperamos su señal para arrancar. Unos años antes, en el jardín donde los niños son infantes como la realeza, también me habían seleccionado para recitar. Luzco como una consigna en miniatura escapada de una revolución del siglo XX.  El del jardín era un disfraz, el de la escuela un uniforme. Mi moña azul tenía elástico en vez de alfiler. Un elástico de mercería, áspero y grueso, que se aferraba con saña al acrocel de la túnica que cubría mi cuello y ese día dividía mi yugular en dos.

Aquel 18 de mayo recitaríamos después del desfile de abanderados y escoltas. Cuando nos entregaron el poema nos repartimos las estrofas como figuritas mientras despellejábamos un alfajor de maicena. Ahí estaba. La palabra “enronquece” me interpeló de entrada. Una aliteración escapada del infierno, quería exiliarse en la memoria de una niña de nueve años con la nariz tapada.

La ensayé con responsabilidad y activé todos los artilugios que me ayudaran a recordarla. Mi mente la repasaba mientras constataba que mi madre no tenía paciencia para hacerme la cocoa, siempre blanca debajo de la gruesa capa de espuma marrón erosionada contra el borde de la taza; otras veces me quedaba como ausente en los almuerzos familiares y la dibujaba en el plato, con letra cursiva entre los tallarines, que también son en cursiva.

Era la palabra con más presencia de mi estrofa y mi memoria se negaba a fijarla. Se convirtió en una criatura amorfa y dentada que podía encontrarme debajo de la cama. Quise conocerla. La busqué en el Larousse ilustrado de tapa roja que soportaba los embistes de todos los libros en ese estante de la repisa. Era una palabra ronca. Un monstruo con la voz rota.

Minutos antes del comienzo del acto, me hice invisible y corrí hasta el salón. Hurgué en la mochila mordiéndome el labio inferior hasta lacerarlo y saqué de la cartuchera la lapicera de doce colores. La tinta tenía la particularidad de ser perfumada. Un aroma similar al de las hojitas de carta que ligabas en algún trueque lúcido, al de los diarios íntimos con candado, o al pan con manteca y azúcar. Elegí el verde y me hice tiempo, incluso, para subrayar con violeta.  Cuando después del acto cruzamos a Batuk para festejar con el helado más grande de la ciudad, mi madre me preguntó qué tenía anotado en la palma de la mano. Una palabra, le respondí al hundir la cuchara en la desmesura de dulce de leche granizado. Una palabra.

martes, 5 de mayo de 2015

Dejé de fumar Parte V: los adioses

Todas las mañanas, cuando pego la vuelta por el arco del Palacio Salvo que mira a 18 de julio, y después de pensar que quiero tener acciones en La Columna del Celular, veo al mismo tipo fumando, acodado en la barra de chapa verde del kiosco de revistas. El olor me llega seductor, como el humo del pastel en la ventana de Tom & Jerry, cuando Tom se hace un traje con la tela de una hamaca paraguaya y Jerry se fuma un cigarro arriba de un cenicero. Unos pasos más adelante, en el bar contiguo, todos los días veo al mismo hombre en la misma mesa. Le gusta tomar en pocillos y no perdió el berretín de la lectura más allá del copete. Ahora me mira, y sé que falta muy poco para que uno de los dos levante la mano con el ademán afectuoso de aquellos personajes que se saben parte de la misma página.

Pasaron tres meses desde los paseos por el fondo de la casa de mis viejos entre los rosales y los jazmines. En este tiempo, las manos dejaron de transpirar, bajé por Barrios Amorín hasta el velatorio de una modesta porción de infancia, batallé, me reconcilié, vi a Don Draper alejarse en un Cadillac del tamaño de un sueño. Recordé que dejé de fumar, que fue un logro. Que no sé cómo hice y creo que la gente que me conoce tampoco sabe cómo hice. Extraño al cigarro cuando lloro, y abril mucho no colaboró. Yo tampoco. Salí de noche, me emborraché algunas. Conocí dos personas de otro país que armaban preciosos tabaquitos en una mesa del Manchester. Respondí que dejé y al rato pregunté de dónde era la solanácea, que tenía un olor dulzón irresistible. Es Cerrito, me contestó la oriunda de Gijón. De verdad lo extraño, pensé. 

El día en que decidí dejar de fumar, fui a la farmacia y compré parches de nicotina. Sentí que debía pertrecharme, como quien construye un refugio de tornados o misiles. Eran diez y salían lo bastante caros como para evaluar si con eso no pagaba el teléfono. No usé ni uno.

Es como una de esas fotos de casamientos en las que siempre aparecés con un cigarro en la mano. Todos parecen reparar en eso, menos vos, porque es tu cigarro y no se tira entero para los flashes. Mis parcelas de memoria son como esas fotos. Siempre hay un cigarro en ellas. Así que dejar de fumar terminó siendo una cuestión de desintoxicación, de voluntad, de paciencia, y configuración. Es otra Carolina la que no fuma. Una versión mejorada que no conozco mucho y no sé si me caben sus mañas. Pienso en los puchos emblemáticos: cuando vi ese fucking 8 en matemática de 5° reglamentada y me convertí en bachiller. Compré un vino en Los Domínguez que venía en lata para hacerme la experiente y me patiné el sueldo de esa semana. Llegué exultante y puse la botella arriba de la mesa de la cocina: má, terminé el liceo. De tarde me fui a laburar y me fumé un cigarro mirando el tragaluz de la trastienda con inefable felicidad.

Ahora en los cumpleaños me quedo con los que no fuman, mientras mis ex correligionarios hielan sus manos en algún balcón y regresan con su olor a pasado reciente y su ropa trae partículas de frío a los livings y los comedores. Me sigue gustando, como si contemplara un recuerdo que nunca será tirano.

Apoyadas contra un ropero desvencijado estamos Mariana, Ximena y yo. Probablemente antes o después de nuestras expediciones al zoológico para fumar a escondidas que conté en aquella primera entrega. El pelo no me llega a los hombros, y el nevada era compartido o racionado, por usar un término técnico. Me acuerdo de todos esos cigarros con ellas; con mi hermana mientras la ayudaba a elegir las canciones del programa de radio y le robaba pitadas cuando dormía el cigarro en el cenicero; con la rubia al lado de la estufa reconstruyendo el mundo suspendido. Me acuerdo de los cigarritos con el Gonza, que no fuma y es asmático pero nunca me exilió en el jardín, de la ventana del baño de mi antigua casa y del Poett Bosque de Bambú a mansalva después de los puchos clandestinos. 

Todo eso sobrevive, sin cigarros. Como una postal a la que le recortaron un pedacito. Aún siguen fabricando esa fragancia en aerosol por si me quiero perder en algún bosque y tengo un paquetito entero de parches de nicotina para regalar a quien lo esté precisando. 

jueves, 19 de marzo de 2015

Dejé de fumar - Parte IV: el sonido y la furia

El día que apagué mi último cigarro hice un pacto secreto con mi suerte: me dijo que no estaba segura de acompañarme muchos años, y yo le pedí que no me abandone cuando empiece a creerle.

Crucé los dedos y miré hacia adelante, como un político perverso que contempla su slogan en la valla de una carretera, sabiendo que el daño es irreversible, mientras promete a los allegados la esperanza de una vida mejor.

Entonces comencé a esperar que sucedan esas cosas que deben sucederle a alguien que deja el hábito del cigarrillo y pretendí superar una estadística de enfermedades eventuales siempre asociadas a mis años de fumadora. A poco de cumplir un mes sin fumar, y teniendo serias dificultades para asimilar palabras como bacterias, virus, entre otras, consulté a ese profesional de la salud denominado (una broma macabra del dios de la fonética) otorrinolaringólogo . Le manifesté que estaba contenta porque había podido dejar de fumar y le comenté a la carrera que últimamente me estaba quedando afónica sin causa aparente.

“A ver, abrí grande la boca” Abrí. “Tenés un nódulo en la cuerda vocal izquierda”. NÓDULO. Por un instante y como un dibujito japonés pude ver a uno de mis ojos cristalizado y deforme reflejado en ese instrumento que los otorrinos se colocan alrededor de la cabeza ¿Un nódulo? pregunté luego de que la doctora despegara una gasa de mi lengua. Después de recibir el recetario y el “pase”, me fui de la consulta sabiendo que el siguiente escalón en la larga escalera de la desolación era acordar hora y fecha con un médico al que tendría que visitar cada semana para hacer ejercicios con la voz. Se llama Foniatra.

Las estadísticas del blog me revelan que cuando escribo sobre situaciones arquetípicas, es decir, aquellas que son una suerte de molde en el que cualquier fumador y ex fumador puede verse representado, las visitas suben considerablemente. Si bien es agradable que alguien lea del otro lado, y que alguien se sienta identificado (ya lo insinuó el grande de Aristóteles en su definición de tragedia) dejo constancia acá, por la mitad de la página, que si lo que el lector desea es leer su propia historia, no siga. Mejor invierta el tiempo (cada vez más preciado) leyendo literatura, filosofía o titulares de montevideo.com.

Dicho esto, el Casmu me proporciona cinco números a los que debía llamar para agendar una cita con el o la especialista de la voz y las cuerdas vocales. Una observación que extraje de mi estudio de campo: en este país hay pocos foniatras y muchos niños con problemas en el habla. Dos de los foniatras de mi lista solo atendían niños. “Ahh, ok”, dije con mi voz grave y con mi nódulo a cuestas, que no se ve, pero cada tanto me deja en offside con un silencio obligado que se perpetúa un rato. Me invitan a leer cuentos “en voz alta”. Digo que no, que estoy complicada. Me dio cosa decir algo como: tengo una mierda en la garganta que me silencia cuando quiere. Ok. Muchos niños con problemas en el habla. Me gustaría saber qué problemas, por qué.

Uno, dos, tres, probando


Como un gol en la hora, llamo al último número sin tachar de la lista. Le explico mi situación a la señora que me atiende y advierto en mi tono un ademán mitad lastimoso, mitad rabioso, mitad nomedigasqueno. Además, ya había pagado cuatro sesiones por adelantado, porque el Casmu te obliga a hacer esas cosas. Escucho pasar hojas de agenda a través del tubo del teléfono. “Bueno, los jueves a las seis ¿te sirve?” preguntó, no sin antes acotar que era su última hora. Incluso me sentí contenta, esa alegría marrón de caja de zapato como cuando llegás al Abitab y no hay diez tipos adelante en la fila. Después de un día entero de llamados y negativas, había logrado mi hora con “la especialista”. Luego reflexioné que el jueves es un día de mierda para tener una rutina después del laburo, pero traté de no autoflagelarme y me agarré a esa hora como a una balsa de piedra.

Toqué timbre. Una señora se desplaza lentamente por el hall del viejo edificio y me juna desde atrás del vidrio semi esmerilado mientras yo me hago la boluda y me saco el chicle de la boca y lo tiro hacia la salvajada de una baldosa céntrica. “Buenas, soy Carolina, hablamos ayer...¿el gol en la hora?” Se ríe. Se acordaba. Me abre la puerta del ascensor, paso primero (a la salida me avivé y la dejé pasar a ella).

El lugar no es un consultorio. Es un apartamento con vida propia, como cualquier apartamento. Hay muebles, cosas por todos lados, un repasador arriba de una silla. Sobre la mesa del comedor (en seguida intuí que ese sería nuestro lugar y no me equivoqué) hay de todo un poco y muchas agendas. Me invita a sentarme en la silla de los “sin voz”. Ella está seria. Sabe que yo no quiero estar ahí, pero me percibe voluntariosa. Nota mental: a los foniatras les gusta la voluntad. Me vuelve a preguntar si soy locutora. Le digo que no, pero me siento halagada. Hubo una época en que las voces de locutor garpaban mucho en el salón de clase y en las citas. Le explico que hablo mucho, que me gusta hacer gansadas (y utilizo el impune e inventado verbo “gansear”) con la voz como cantar La bestia pop en tono Shakira mientras trapeo el baño. 

Ella me mira, me escruta, me observa. Yo observo la escenografía. Atrás hay portarretratos de su familia. Ya los conozco a todos. Su hija tiene mi edad. Me va a entender. Tengo la sensación de que vencí su apatía. Me presta atención, no tanto a la forma (como yo esperaba) sino a lo que digo. Le conté que escribía. Hacemos un paréntesis y termino hablando de Escrito en la ventanilla, del blog, de escribir en Uruguay, de ir a laburar a la oficina y de olvidarse de los verdaderos oficios demasiadas horas al día. Me hace preguntas que nadie me hizo jamás. Nunca fui a terapia, pero debe ser algo parecido. Arrancar un chamullo personal en una habitación que no te es familiar, con una persona que es desconocida pero que, eventualmente, le pagás para que te ayude. No me pareció una chanta y de hecho, aprendí la diferencia entre tono, fuerza e intensidad, entre otras cosas. Le gustó que le dijera que a la próxima clase volvía con libreta. Ella es profe, luego me diría.

La sesión era de media hora y pasó una hora y media. Se terminó porque sonó un timbre inesperado. Agarré mi cartera y me desplacé hacia la puerta. Siempre me pregunté a qué artimaña recurren los psicólogos para indicar que tu hora terminó. En este caso no pude saberlo porque me di cuenta antes. Bajamos por el ascensor repasando el ejercicio que me mandó y algunos consejos. “Decile a tus amigos que no te visiten por teléfono”, me dijo antes de que abriera la puerta del ascensor y yo le dijera “adelante” en señal de respeto como a una gurú. Abajo, al lado del timbre, aguardaba una chica a la que probablemente le llevo diez años. Se aferró a su mochila y me miró tímidamente, porque a los pacientes no les gusta cruzarse. Tenía una mueca triste, de esas que se fabricaron un rato antes. 

Oscurecía. Volví a 18 de julio por una bocacalle finita. Allí estaban las luces, los bondis, el sonido y la furia. Ni bien llegué a la parada, hice el primer ejercicio.  

viernes, 13 de marzo de 2015

Dejé de fumar - Parte III

Camino por el fondo de la casa de mis padres. Una porción generosa de terreno con pasto, rosales, jazmines y robles. Siento que deambulo por un sueño y que sería un buen momento para prender un cigarro.  De eso, hace ya veinte días. Hoy es el día 31. Todavía tengo ganas y no llegué al asco prometido. Apenas si percibo que se revelan algunos olores. El cansancio persiste. Las manos que transpiran, y una ira repentina que emerge desde las profundidades de mis moléculas. No es fácil. (Nunca es fácil). 

Deseo, y compruebo a cada instante la adicción.  En el medio de mi abstinencia, el presidente de la República, aquel que no tuvo reparos en utilizar el recurso absolutista del veto, dice que el peor enemigo de las mujeres es el cigarrillo. El universo conspira contra mi fuerza de voluntad y contra mi capacidad de aceptar absurdos.  Las redes sociales se llenan de feministas con repentinas ganas de fumar y fotos de cigarros, de habanos. Yo no soy feminista, pero soy mina (o mujer, para que nadie se ofenda), ciudadana, fumadora (aún no llegué al prefijo "ex" aunque haga un mes). Miré mi caja de Nevada que aún conservo como el esqueleto de un barco sumergido en el fondo del cajón de la mesa de luz y me dieron ganas de fumarlos todos juntos.  Me aguanté. Las ganas y la ira.

Temo parodiarme a mí misma. Pero esta es la forma que encontré y que no figura en las páginas de consulta Consejos para dejar de fumar. Acabo de leer una. “Retire los ceniceros y cigarrillos del automóvil y en su lugar coloque galletas o confites duros. Finja que fuma utilizando una pajilla en la boca”.  Abrí la hoja de word y arranqué. Irrefrenable. La ficción está en los libros. 

Según un estudio reciente publicado por científicos de la universidad de Columbia. No, mentira. Pero suena tan convincente. Según una reciente y precaria investigación que realicé en los anales de google, la nicotina es la droga conocida más adictiva del mundo, superando incluso a la metanfetamina y a la heroína.

I don't know just where I'm going . Pienso en la guitarra de John  Cale que es como un tramontina directo al esternón. Una vez pasé esa canción desde ese dispositivo de audio denominado “huevito” en una clase de literatura inglesa. Excepto por Ramiro y por Natalia, yo no sé qué pasó por la mente del resto de los asistentes. Buenas señoras que asistían al curso como si fuera un taller literario de Jane Austen a comer escones y tomar té.  Y ahí estaba yo. Sentada al costado del escritorio de nuestra amada profesora Lindsey. Deseando terminar para salir y fumar un pucho. A propósito de Trainspotting, -libro que estábamos estudiando-  hablé de Lou Reed, de Nueva York y la heroína, de California y el LSD. La profe me miraba mientras me adueñaba de la clase sin saber, si quiera, si alguien escuchaba. Yo estaba contenta.

Hablé del post Thatcherismo, de la propagación del HIV en Inglaterra por los recortes de presupuesto al aparato de salud y de los escasos suministros de material quirúrgico en los hospitales. De las jeringas compartidas. De Sick Boy. De las cajas con ventanas llamadas viviendas en las que miles de jóvenes pretendieron vivir una adolescencia en la que el no future no era una consigna.  De Oasis. Que siempre me pareció una banda de mierda. 

Pensaba, mientras, cuando mi hermana me contó que a los Sex Pistols se les había prohibido tocar en territorio inglés y  tocaron en un barco. Esas eran las anécdotas de mi niñez que por algún motivo mi memoria se encargaba de retener y reproducir. No me sumaban absolutamente nada para la vida productiva que el destino debía aguardarme, pero me gustaba tirar ese verso en el patio de la escuela mientras  jopeaba alguna hojita de carta perfumada.  La maestra Gloria de sexto, dejaba los cigarrillos Casino arriba de su escritorio. Estaban metidos adentro de un estuche de cuero bordado con motivos gauchescos (creo), parecidos a la carreta del Parque de los aliados que tenía, incluso, una repartición para el encendedor. Me di cuenta de que estaban ahí un día que me di por vencida con uno de sus infames “Razono” en el abismal pizarrón negro.

La maestra fuma. Thelma y Louise también. Fue la primera película que metimos adentro del aparato reproductor de videos. Era 1994.  La segunda fue El bebé de Rosemary, pero me aburrí y me fui a acostar. Nadie consideró que tenía 10 años. Antes de terminar sexto de escuela, yo quería un descapotable, un microondas, y el gran cañón. Por ese entonces empecé a armarme los cigarritos de orégano. Era julio cuando Gloria escribió en el pizarrón. Redacto: atentado en la AMIA. Alguien levantó la mano y preguntó qué era un atentado. 


Basta de tanto fue el libro más vendido en Uruguay durante semanas. Si me convierto en un best seller por “Dejé de fumar”, me voy a la cueva de Allan Moore a que me excomulgue. Los genios tienen que vivir en cuevas, o imaginarlas, como Platón. No hay chance. Es diciembre del año pasado. La rubia habla de Basta de tanto. Está azorada y comparte esa inquietud con el resto. El resto somos amigas. Nos conocimos en la facultad y aún habiendo abandonado la esperanza de titularnos en letras (vaya a saber para qué), continuamos constatando que nos gusta vernos envejecer con dignidad y mantener nuestros arquetipos. Laura repara en que la infame camperita simil bolsa de basura que tengo puesta es prácticamente la misma camperita negra de gabardina con la que me conoció y con la que atravesé al menos cinco fríos inviernos bajando por Magallanes hasta Uruguay. La rubia, que sigue pensando en el tema anterior,  me mira de reojo. Como si las dos supiéramos que en la escala de errar, escribir cuentos en este país es parte de un contrato llamado Fracase aquí. Ejemplifica con un libro titulado Basta de tanto. Está primero en ventas. No es de cuentos. La rubia eleva el tono, nos mira incrédula. Nos cuenta que vio una entrevista. Que las preocupaciones de la autora y, por lo tanto, sus tópicos, incluían aspectos tales como “qué hacer con los chicos cuando estás trabajando”.   Al otro día googlié. Necesitaba saber más sobre el fenómeno.  "Ninguna mujer puede tener una carrera vigorosa si está buscando recetas de cupcakes permanentemente ", comentó la autora en una columna del diario La Nación titulada: "Un hijo no puede ser nuestro hobby ".   En aquel momento, y cuando dejar de fumar aún no era una posibilidad, me prendí un pucho y si acaso todavía tenía esperanzas de un mundo mejor, las abandoné por completo. 

PD: Me descubrieron un nódulo en una cuerda vocal. Continuará. 

sábado, 21 de febrero de 2015

Dejé de fumar -Parte II-

Un rato antes de morir de cáncer de páncreas, mi amigo Hernán le pidió un cigarro a los médicos que lo rodeaban.

Mientras miraba desde la vieja oficina cómo la calle Andes se devoraba a sí misma después de las ocho, me llegaba un mail desde Argentina con la palabra Hernán en el remitente.

Dos años antes me había anotado en un curso de dejar de fumar.

Convencí a mi compinche del laburo y allá fuimos. No era mi momento, pero el curso empezaba, así que tenía la sensación como de dejar pasar un tren. Me gustaría conocer el depósito de trenes que pasaron. Debe ser un deshuesadero de esperanzas.

La profesora del curso era doctora, o al menos, eso nos hizo saber. El discurso médico suele ampararse en el respeto que profesa el desconocimiento de sus fieles porque para estos, los tratamientos, los quirófanos, los instrumentos de la medicina llamados medicamentos son, además de ciencia, actos de fe. Tuve un problema desde el minuto uno. No le creía ni una sola palabra a la doctora que me haría dejar de fumar.

La adicción no es psicológica. Si bien el componente del hábito es la primera trinchera en donde el encendedor suele guarecerse, la costumbre se funda en un elemento biológico. El cuerpo no añora, necesita. La adicción es química. Química. Un laboratorio de átomos y valencias que se traslada por la sangre en un descapotable y que no suele creer en la palabra “voluntad”.

Para ella- la doctora-, según nos relató en su introducción, nosotros ya íbamos a “encontrar el camino”. Algo así como “salir del lado oscuro”, según comentó a la carrera. Me sentía tan lejos de ese impostado discurso grupal del “sí se puede”, que lo único que me provocaban eran unas irremediables ganas de fumar. Éramos todos grises y lo sabíamos. Personajes de sobretodo negro que entraron por error a la escenografía de Sarah Kay.

Había gente más grande, con la voz más ajada, que estaban peor que vos, y fumaban más que vos y vos sentías que estabas perdido, pero ellos un poco más. Y era terrible. La manera en la que el pensamiento se activa cuando se pretende sobrevivir con la lógica de la superación personal.

Nos mirábamos entre todos. Muchos estábamos ahí porque en el siempre desmesurado imaginario dejar de fumar, en parte, era pertenecer a una clase de gente más sana, con menos problemas. Era enfermarse menos en el invierno, alejarse del Amoxidal 750 o del Plus, cuya caja parece una broma. “Yo les voy a hacer una recetita a cada uno y con esto van a andar bien”.

Mi compinche y yo prendimos un cigarro ni bien tomamos contacto con la vereda y emprendimos el camino hacia la farmacia. Con esa receta (no reparé en su color hasta una semana después cuando me convertí en un oso Gummi) nos apersonamos en el mostrador de la droguería. La muchacha que nos atendió era amable, lo suficiente como para demorar un trámite rápido. Esa clase de amabilidad que es redundante en el segundo intento, e insufrible en el tercero. Wellbutrin. Eso decía la caja. Para mí era “el remedio de dejar de fumar”. Según la doctora ese fármaco ayudaría a inhibir los receptores de nicotina nacidos en nuestro cerebro.

Pasó una semana. Pasaron dos. La ansiedad se multiplicó por cinco y lo único que pensaba era en fumar. Entonces iba y fumaba. A escondidas, como en la adolescencia. No quería decepcionar a nadie más. Tenía que darme asco. No me daba. El cigarro se consumía en mis pulmones junto con mi culpa. No iba a a batir en el grupo que seguía fumando. Era un fracaso público, que es mucho más terrible que el fracaso privado aunque se trate del mismo fracaso. La gente es mala, y vos también. El Welbutrin había comenzado a ser parte de mi vocabulario. Una tarde, charlando con mi compinche le pregunto cómo le pegaba. Me contó que la tiraba para abajo, que no tenía ganas de nada. Yo tampoco tenía ganas de nada, pero estaba a punto de convertirme en una alpinista de paredes.

Leemos el prospecto. El fármaco que la doctora nos había recetado de forma grupal, sin preguntar si sufrías de algo, o si tenías presión o si tomabas algún otro fármaco, era un antidepresivo. Fue entonces cuando encontramos una explicación a los vaivenes emocionales de las últimas dos semanas y decidimos, casi en conjunto, que bajaríamos a fumar un cigarro y a la mierda el grupo, el Welbutrin y la doctora. Me contacté con un tipo que conoce a un tipo que es psiquiatra grado cinco. “Preguntale si puedo dejar esta mierda de golpe”. La respuesta fue un rotundo: no. Hay que dejarla gradualmente. Así que tuve que seguir tomando Welbutrin sin creer en él, un mes más. Para ese entonces, había vuelto a fumar diez por día y las noches se hacían largas, sin quererlo. Y dios es una máquina de humo.


Continuará.  

domingo, 15 de febrero de 2015

Dejé de fumar -Parte I-

Dejé de fumar. Bueno, como titular suena bien decir eso. Lo cierto es que estoy dejando, o estoy tratando, o estoy luchando por seguir tratando. Hoy es el tercer día y siento que nada es más importante. Que el mundo puede convertirse en vidrio molido de un momento a otro y que, si eso pasa, yo voy a salir corriendo en busca de mi última caja y me voy a prender un cigarro antes de desaparecer por completo. 

Me da rabia no haber cargado de simbolismo el último que me fumé. Y lamento pensar que exhalé el último humo del último cigarro sin saber que sería el último. Lamento no haber puesto una canción que me guste, y escucharla desde la penumbra, mirando cómo la brasa se vuelve puntiaguda conforme se consume y te consume. Lamento recordar que mientras fumaba mi último cigarro estaba la tele prendida, y canal diez proyectaba Ahora caigo.

Miguel Hernández dice: “yo nací en mala luna”. Cuando fui creciendo una leyenda rondaba mi propia vida: nací asfixiada. Con el tiempo comprendí que “asfixiada” era un poco más grave que “sin respirar”, pero más eufemística que “nací muerta”. Mi madre había enterrado a su padre unos días antes del parto. Ese en el que nací muerta, o sin respirar. Mi abuelo, su padre, fumaba. Rubios. Toda la vida. La quedó a los 56. Yo no. 

Cumplí 11 o 12. “Jardinera queda acá a la vuelta”, fueron las primeras palabras que alguien me dirigió en mi primer día en el liceo. Tenía 11. Parecía de 9 y estaba en primero de liceo. El timbre sonaba cada 45 minutos. El tiempo pasaba a medirse en
primera y segunda, tercera y cuarta. Los profesores eran gente que no te gustaba y vos tenías 11 pero parecías de 9. No recuerdo exactamente cuándo fue mi primera pitada pero había que hacerse grande de prepo si las tetas no se dignaban a ayudar. Fumar fue una buena opción. Creo que fue con Mariana y Ximena. Un J y M traído de un inframundo de mocasines blancos y Aquí está su disco. La vida no era verdaderamente light. Lo supe a los 9, y a los 11. Lo sé. Dividíamos el cigarro en tres partes con una línea imaginaria. Yo fumaba el principio, Ximena la parte del medio y Mariana el final. Caminábamos hasta el zoológico (una diez cuadras de casa), para llevar a cabo nuestro ritual secreto, contra aquellas paredes surrealistas de animales privados de libertad, entre otras cosas. Cada tanto escuchábamos algún aullido. No nos daba miedo. Más miedo nos daba que pasara el 191 y alguien conocido nos viera.

Cuando jugábamos a las madres, hacía que fumaba. Recortaba meticulosamente papel de calcar y me armaba cigarritos con orégano. Después iba a buscar a mi hijo a la escuela, y mientras acarreaba el imaginario cochecito, hurgaba en mi cartera de jugar a las madres el armado lúdico y secreto. Me hacía sentir grande e importante. Como si ambas cosas pertenecieran a la misma categoría de sensaciones. Con Ximena lo teníamos claro. Siempre supimos que íbamos a fumar. La entrada al liceo fue terreno fértil para materializar nuestro imaginario. Antes de entrar, pasábamos por el kiosko de la esquina, juntábamos las monedas y, según lo recaudado, comprábamos entre 3 y 4 cigarros sueltos, que fumábamos entre las tres, fragmentándolos según la cantidad de recreos y horas puente.

Hace más de quince años que fumo. Esa frase suena mal. Lo sé. Pero suena mal ahora, en 2015, cuando un grupo de gente prende fuego a un tipo en una jaula, y representa teatralmente una realidad que socava el sentido del mundo.

Suena mal que la gente fume cigarros. Porque el Estado se ha encargado de volver objeto de desaprobación a aquellas personas que fuman, es decir, que tienen una adicción, como tantas otras que no están tarifadas por el Estado. Dejo de fumar porque quiero, no porque haya un decreto, o porque paso frío en invierno cuando los bares me echan a la vereda. Dejo de fumar porque me quedé afónica con el penúltimo cigarro que fumé y me asusté. Porque soy una tipa de las palabras, y me gusta hablar. No puedo ceder la voz. Dejo de fumar para ver qué sienten las felices personas que no fuman ni jamás lo hicieron, y aquellas que dejaron, que pudieron y que vos no podés creer cómo carajo hicieron. Dejo de fumar para ver si me pasa todo eso que tiene que pasar, para ver qué voy a hacer ahora mientras escriba un cuento, y cuando lo termine, ¿qué voy a hacer? Tomar un jugo Tang como para seguir haciendo daño al organismo y que no extrañe. El pucho también es victoria. Y ese es el peor hábito. Placer al placer. ¿Qué pasa ahora? ¿Cómo es la vida sin fumar? Cómo es salir con tus amigos, cómo es tomarte tres cervezas, cómo es conversar de cosas importantes y cómo es estar triste, cómo es angustiarte en el laburo, cómo es sentirte definitivamente solo, cómo es tomar café, y hacer el amor y después, ¿qué importan del después?. Fuck you. Cómo es almorzar y cenar. Cómo es esperar el bondi o salir del laburo cuando el sol enchastra la calle Buenos Aires y vos de espaldas lo dejás atrás, porque tu bondi no va para el lado del sol. Cómo es.


No les voy a decir que me siento Renton en Trainspotting. Pero hoy, que es el tercer día y me vine a la apacible calma de la casa de mi padres a superar el carnaval, donde las precauciones de ser grande parecen desaparecer, y donde uno se reencuentra con ese lugar sagrado de estar con personas que jamás te van a dejar tirilla y donde siempre vas a escuchar un “tenés servido” de comida casera, y la cama hecha otra vez, y las sábanas perfumadas de madre y los abrazos. Si dieran Don Francisco esta tarde, se vería con ellos sin patalear. Pero hoy, que es el tercer día, me sudan las manos y hay algo en la boca del estómago que es como una piña desde adentro, y entonces voy y me tomo un buche de agua, porque eso es lo que hay que hacer. Pensar que el agua purifica. Pero lo cierto es que en mi cerebro hay un neurotransmisor que se convirtió en una planta carnívora, que le susurra segundo a segundo a otra planta vecina: nicotina. Desconfíen de todo lo que termina en ina. Mi nombre. Es terrible. Tengo nombre de fármaco, de adicción.  

Continuará.